La revista cultural TURIA presentará su número 100 el próximo 30 de noviembre, a las 20 horas y en el salón de actos de la Delegación Territorial del Gobierno de Aragón en Teruel. José Manuel Blecua, director de la Real Academia Española, será el encargado de dar a conocer la publicación. Como es habitual, entre la amplia variedad temática de los textos que componen el sumario, los lectores que se interesen por los asuntos y protagonistas turolenses y aragoneses no quedarán defraudados. Les aguardan tres sugestivos artículos, dedicados respectivamente a homenajear al escultor José Gonzalvo, de quien este mes se cumple el primer aniversario de su fallecimiento; a analizar a fondo la vigencia de la obra de María Moliner, autora del célebre «Diccionario de uso del español» y a glosar la figura y la labor el periodista Joaquín Aranda.
LA ESCULTURA COMO HORIZONTE VITAL
El escultor turolense José Gonzalvo (Rubielos de Mora, 1929 – Valencia, 2010) es objeto de un atractivo y completo artículo por parte de la revista TURIA. Elaborado por Román de la Calle, presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, en él se analiza la trayectoria de Gonzalvo y se valora merecidamente su trabajo creativo. No en vano, pocos como él han sido capaces de potenciar artísticamente las severas calidades de la recia forja en la historia de la escultura sobre hierro.
Según Román de la Calle, José Gonzalvo logró convertirse vocacionalmente «en constructor de formas y de estructuras, capaces de encarnar la figuración y de dinamizar la realidad, a golpes de expresión rotunda y humana».
Formado en Madrid y Barcelona, la primera inclinación de José Gonzalvo fue durante tres lustros la pintura. Aunque, en aquellos recursos plásticos se adivinaba ya la impronta de quien terminaría siendo un sólido escultor. En cualquier caso, «la biografía de José Gonzalvo nos demuestra que pudo ser, con idénticas posibilidades, atleta, torero, pintor o escultor. Sin embargo, conjuras secretas del destino, optó de modo decidido por la escultura, aunque sin dejar nunca de atender además al conjunto de las otras posibles opciones».
Resulta significativo saber que José Gonzalvo decidió regresar definitivamente a su localidad natal tras un viaje a Nueva York con motivo de su participación expositiva, en 1964, en la Feria Mundial. Y que sería visitando el taller de forja de su amigo Baselga, en Rubielos de Mora cuando descubrió su nueva y ya impenitente obsesión: la escultura en hierro. De acuerdo con el testimonio del propio Gonzalvo: «reconocer o reencontrar lo que uno considera profundamente auténtico en las expresiones populares fue básico para mí. No en vano, cuando el hombre sabe mantener el aliento vital que ha recibido es precisamente cuando crea historia y es capaz también de salvaguardarla».
Es la suya una obra artística influenciada por el eco creativo de autores como Julio González, Pablo Serrano o Pablo Gargallo pero que Gonzalvo consiguió, una vez asimilada, transformar en un lenguaje propio caracterizado siempre por la marcada expresividad de sus figuras, «tanto fueran éstas reducidas en tamaño e intimistas como, en otros muchos casos, devinieran francamente monumentales, en sus intervenciones en el espacio público, contribuyendo a la singular caracterización de muchas de nuestras calles y plazas». En ese sentido, hay que anotar una extensa nómina de conocidos monumentos públicos ubicados en distintos lugares de Aragón y de la Comunidad Valenciana o en ciudades como Barcelona.
No puede quedar en el olvido otra faceta fundamental de su vida: su dedicación permanente a rescatar el patrimonio arquitectónico y paisajístico de nuestros pueblos. Según opinaba Gonzalvo: «tenemos la obligación de sensibilizar al pueblo sobre lo que tiene como ignorado patrimonio. Descubrirle el valor estético de sus cosas cotidianas. ¡Qué función social más bella la del artista como celador del patrimonio artístico y cultural de su pueblo y de su historia!».
Para Román de la Calle, «enfrentados al enorme conjunto de su producción -que alguna vez deberá ser debidamente catalogada y estudiada con minuciosidad-, es determinante que se ordenen en series temática sus trabajos, para mejor poder contrastar así sus versiones y atender a la afinidad o diversidad de sus plurales recursos escultóricos». En cualquier caso, José Gonzalvo extrajo siempre sus temas escultóricos de la vida cotidiana que giraba a su alrededor: «ahí están las tradiciones populares, las devociones religiosas, determinados juegos de vida y muerte, ciertos retazos de historia que afloraban en una etnia recia y que he procurado sintetizar en mis trabajos. Pues, a menudo, el espectador de mi obra ha sido el propio protagonista de la misma».
VIGENCIA DE MARIA MOLINER Y RECUERDO DE JOAQUIN ARANDA
Filóloga, archivera, lexicógrafa y bibliotecaria, María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900 – Madrid, 1981) es la autora del prestigioso «Diccionario de uso del español». Cuando se cumplen, en 2011, treinta años de su fallecimiento, la revista TURIA publica «Vitalidad de María Moliner y vigencia un documentado trabajo de María Antonia Martín Zorraquino que hace balance de una ingente labor intelectual y reivindica su dilatada y brillante tarea lexicográfica.
María Moliner no sólo debe ser reconocida como la autora del diccionario más renovador en lengua española del siglo XX, sino que además y sobre todo, merece ser recordada como una de las piezas clave en la política bibliotecaria de la Segunda República y también por su contribución a la gestión y organización de las célebres Misiones Pedagógicas.
A través del citado artículo se comprueba también el grado de vitalidad y reconocimiento que actualmente goza la figura de ese genio positivo y modesto que fue la aragonesa María Moliner, tanto en el ámbito de los expertos como en la vida social. Buena prueba de ello es que su nombre es utilizado para denominar a numerosos colegios, institutos, bibliotecas y asociaciones de toda España. Y es que, como bien dijera el escritor Miguel Delibes de su «Diccionario de uso del español»: «es una obra que justifica toda una vida»
Por último, en el artículo «Un viaje al centro de la tierra o el lector impenitente», Juan Domínguez Lasierra traza una entrañable y pormenorizada semblanza del periodista, crítico, editor y gran lector que fue siempre Joaquín Aranda. Toda una referencia en el periodismo aragonés del siglo XX y uno de los nombres propios que sobresalen en cualquier balance acerca de quienes integraron durante varias décadas la redacción de «Heraldo de Aragón».
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